«Mentiras crueles o piadosas; infantil tacañería y egoísmo frío y calculado; sólida, apretada avaricia; viejos rencores, súbita o caprichosa ira; gula por todo lo comestible; milenaria pereza y estúpida, siempre estúpida soberbia… De sobra conocía, en verdad, todos los pecados que cada tarde escuchaba, pero esto no provocaba su hastío como no provoca hastío al campesino la monotonía de las espigas en el trigal. También había conocido numerosas infidelidades y con ellas una amplia gama de pecados de la carne: curiosos, repugnantes, incomprensibles o simplemente ridículos. Había asistido al relato vivo de peleas, botellazos, navajazos, alguno incluso con resultado de muerte, y todo lo sobrellevaba el padre Cano, resignado y hasta feliz, como el hortelano que carga al hombro el pesado fruto de su trabajo.»
Premio de Relatos Breves Ciudad de Peñíscola · 2002
Patronato Municipal de Turismo de Peñíscola, 2002
«Pero qué decir entonces, para llorar la piel de seda que se fue, o el golpe seco que nos arrebató al amigo, el mar embrutecido que fuiste y al que ya no volverás, el tacto dulce y quedo del primer beso, o ese libro que no habrás escrito cuando te toque morir, cuánto debo llorar ahora que sé que la vida me ha jugado una mala pasada y se ríe, muchacho, no puedo soportar la risa terrible de la vida cuando te vas. O si te dijera que cada mañana el corazón me da brincos cuando oigo el murmullo del ascensor que te trae, que los domingos están vacíos porque no vienes, y que haces que algunas cosas, escribir por ejemplo, vuelvan a tener sentido.»
Premio de Cuento Ateneo Cultural el Albéitar · 2000
Publicado en la Revista Camparredonda, nº 1, 2000
Alberto R. Torices
+34 625 48 19 00 ISSUU