«Les grandes baigneuses», de Auguste Renoir (fragmento)
«La luz atravesaba sus párpados y ya se oían ruidos de actividad en la casa. Aún no del todo consciente, creyó sentir bajo su cuerpo el jergón de lana del pueblo, e imaginó el sol ardiendo en un costado de la peña, e incluso le pareció oír el piar ansioso de los pardales, puntual siempre en la hora variable de su despertar en Las Majadas. Y como cada mañana de verano se encogió de nuevo, lleno de placer y de sueño, creyendo no sólo que no iba a tener que levantarse para desayunar de prisa e ir al colegio, sino también que no tendría por delante otro día más de largo aburrimiento en la ciudad. Así, más deseoso que convencido de estar ya en el pueblo, trató de reconocer los movimientos de la abuela, sus zapatillas arrastradas, el entrechocar de cazuelas donde pronto empezarían a hervir caldos y potajes… »
Premio de Novela Corta Tierras de León
Diputación de León, 2004, Colección La flor del viento
Ilustración de Fco. Javier Puente Torices
«No volvió a mirarme cuando se alzó, después de haberse dejado aplastar, imponer, de arrasar el deseo con que la busqué y hacer que el suyo estallara contra mi pecho. Aun así, pude ver en sus ojos el frío, cierta oscuridad… sólida. La tristeza, puede ser, de quien abandona no vencido, sino hastiado. O tal vez fuera sólo mi tristeza, la que tomó mi cuerpo cuando ella lo desocupó. No lo sé, pero mientras se abotonaba la blusa, mientras reajustaba su falda, parecía estar deshaciendo el trayecto de un callejón sin salida. El mismo de siempre, sí, pero con la rabia aumentada, la decepción más amarga, más confusa. Con una furia que avanzaba helándole el rostro. Recuerdo que yo la miraba todavía quieto —pura ceniza— y ahora imagino el dolor de los cascotes en su espalda, moratones quizá, rasguños en los codos. Sus codos de adolescente siempre sucios. Y siempre heridos.» (del cuento «La escombrera»)
con ilustraciones de Fco. Javier Puente Torices
Ediciones Leteo, 2002, Colección Relojero de Banaguás
«Mentiras crueles o piadosas; infantil tacañería y egoísmo frío y calculado; sólida, apretada avaricia; viejos rencores, súbita o caprichosa ira; gula por todo lo comestible; milenaria pereza y estúpida, siempre estúpida soberbia… De sobra conocía, en verdad, todos los pecados que cada tarde escuchaba, pero esto no provocaba su hastío como no provoca hastío al campesino la monotonía de las espigas en el trigal. También había conocido numerosas infidelidades y con ellas una amplia gama de pecados de la carne: curiosos, repugnantes, incomprensibles o simplemente ridículos. Había asistido al relato vivo de peleas, botellazos, navajazos, alguno incluso con resultado de muerte, y todo lo sobrellevaba el padre Cano, resignado y hasta feliz, como el hortelano que carga al hombro el pesado fruto de su trabajo.»
Premio de Relatos Breves Ciudad de Peñíscola · 2002
Patronato Municipal de Turismo de Peñíscola, 2002
«Pero qué decir entonces, para llorar la piel de seda que se fue, o el golpe seco que nos arrebató al amigo, el mar embrutecido que fuiste y al que ya no volverás, el tacto dulce y quedo del primer beso, o ese libro que no habrás escrito cuando te toque morir, cuánto debo llorar ahora que sé que la vida me ha jugado una mala pasada y se ríe, muchacho, no puedo soportar la risa terrible de la vida cuando te vas. O si te dijera que cada mañana el corazón me da brincos cuando oigo el murmullo del ascensor que te trae, que los domingos están vacíos porque no vienes, y que haces que algunas cosas, escribir por ejemplo, vuelvan a tener sentido.»
Premio de Cuento Ateneo Cultural el Albéitar · 2000
Publicado en la Revista Camparredonda, nº 1, 2000
Alberto R. Torices
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